La ruta nacional 34, vital para la conexión del Norte argentino con el Centro del país, se convirtió en uno de los símbolos más crudos del deterioro de la infraestructura vial en la Argentina. En lo que va de 2026, el corredor ya acumula decenas de víctimas fatales en distintos tramos, con picos alarmantes en provincias como Santa Fe, Santiago del Estero y Salta, donde los siniestros se repiten con un patrón común: el mal estado de la calzada.
El último episodio que volvió a poner el tema en agenda fue el choque frontal ocurrido en Cañada Rosquín, que dejó cuatro muertos, entre ellos dos menores, y expuso nuevamente una situación que, según autoridades locales, lleva más de dos décadas sin soluciones estructurales.
La presidenta comunal de esa localidad, María Eugenia Racciatti, fue categórica: “Se paga con vidas la falta de respuestas”, y advirtió que el problema ya no admite soluciones parciales. “No sirve tapar pozos porque la base está destruida. El deterioro es total”, explicó, al describir una ruta que en muchos sectores directamente cedió.
Los números reflejan la gravedad. Solo en el departamento San Martín, en Santa Fe, se contabilizan al menos 13 muertos en lo que va del año, pero el impacto es mucho mayor si se considera toda la traza nacional, donde los accidentes fatales se multiplican en distintas provincias.
El estado de la ruta es crítico en gran parte de su recorrido. Conductores y transportistas coinciden en un diagnóstico: baches profundos, fisuras, banquinas descalzadas, sectores con agua acumulada y tramos angostos que no permiten margen de maniobra. En ese contexto, una maniobra para esquivar un pozo puede terminar en una invasión de carril y un choque frontal.
En el norte, especialmente en Salta, la situación es igual de grave. Hay sectores donde los usuarios describen “cráteres” en el asfalto y circulación a paso de hombre. La Ruta 34 fue bautizada por muchos como “la ruta de la muerte”, por la frecuencia de siniestros y el nivel de deterioro.
Uno de los factores más señalados es la falta de obras. Los proyectos para convertirla en autopista o autovía en tramos clave quedaron paralizados, mientras que el mantenimiento básico prácticamente desapareció. El ajuste en la obra pública nacional impactó de lleno en la red vial, dejando corredores estratégicos sin intervención.
Desde Santa Fe, el ministro de Obras Públicas Lisandro Enrico fue contundente: “Ponemos en riesgo la vida permanentemente en estas condiciones”, y cuestionó que el Gobierno Nacional recaude el impuesto a los combustibles sin reinvertirlo en rutas. Según explicó, la provincia tuvo que intervenir incluso en rutas nacionales por la ausencia total de Nación.
Un caso concreto ocurrió en Lehmann, donde un socavón obligó a cortar la ruta y desviar el tránsito durante días. La solución provisoria la ejecutó la provincia, pese a no tener jurisdicción, ante la falta de respuesta nacional.
La Ruta 34 es mucho más que una vía de tránsito. Es uno de los principales corredores productivos del país: conecta el NOA con el centro y es clave para el transporte de granos, azúcar, citrus y otras economías regionales. Su deterioro genera sobrecostos logísticos, demoras y pérdida de competitividad, impactando directamente en provincias como Tucumán.
A esto se suma otro problema estructural: la infraestructura quedó obsoleta frente al crecimiento del tránsito. Hay tramos angostos, puentes insuficientes y sistemas de drenaje que no soportan las lluvias actuales, lo que provoca que el agua socave la base y destruya la calzada desde abajo.
El reclamo ya es generalizado. Comunas, intendentes, legisladores y usuarios coinciden en que la situación llegó a un punto límite. No se trata de bacheo ni de arreglos parciales, sino de una reconstrucción integral urgente.
Mientras tanto, la postal en muchos sectores es elocuente: vecinos que marcan los pozos para evitar accidentes, camiones zigzagueando para esquivar hundimientos y familias que circulan sabiendo que cualquier error puede ser fatal.
La Ruta 34 dejó de ser solo una deuda histórica. Hoy es una emergencia nacional. Y con cada nuevo accidente, se consolida una certeza que recorre todo el interior: sin inversión y sin obras, el abandono ya no es solo un problema de infraestructura, sino una tragedia que se mide en vidas humanas.
